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jueves, 4 de septiembre de 2014

CAPITULO 3) JECLAHAY Y EL MISTERIO NO RESUELTO DEL COLGANTE MÁGICO



«¿cómo saber diferenciar entre lo que llamamos sueño (fantasía) y la tan vivida realidad?, ¿en verdad sabemos si la realidad es tan única como se presume por el mundo? O tan solo elegimos creer en lo menos fatigante, aquello que nos permita permanecer sedentarios ante tantos enigmas, creo yo con el propósito de generar una falsa atmosfera, aislada del asombro, permitiendo ocultar temores y restringiendo la mente únicamente a preocuparse en complicadas y vastas trivialidades insuficientes de sentido y razón de ser»

Cada ciento siete años los monjes elegían de cada tribu a una joven de bello aspecto que estuviese en estado de embarazo, las tribus eran conformadas por cuatro grupos, teniendo en cuenta el lugar del planeta donde Vivian, ya sea primavera, verano, otoño o invierno, además del extenso reino de los hongos los cuales eran los únicos que habitaban toda la faz del planeta, bueno casi toda. Al dar a luz la recién nacida era trasladada al templo de las ramas azules donde habitaban los monjes y los sirvientes de estos, las pequeñas criaturas eran cuidadas por nodrizas las cuales velaban por prestarles una completa atención en cuidados y afectos básicos para que crecieran de una manera natural. Al cumplir los siete años empezaban sus estudios como damiselas de las hojas, ya sabiendo los conceptos de lenguaje básico, escritura y una serie de modales que les permitirían no presentar inconvenientes en su educación, "damiselas de las hojas" como se les hacía llamar y para lo cual debían obtener grandes conocimientos en las vastas bibliotecas del castillo contiguo al templo y que se alzaba con supremo esplendor, cabe decir que no les era permitido salir de las murallas que rodeaban el castillo, el templo, el santuario, la cámara en blanco y el estanque del arroyo muerto, cada joven debía superar a las otras con el fin de obtener la tan anhelada y aparentemente inalcanzable inmortalidad.
Ocurrió en los límites del reino del verano y el otoño que una mujer y su esposo se encontraban en angustiante trabajo de parto y la susodicha mujer era curiosamente una de las elegidas a dar a luz a una damisela de las hojas, milagrosamente la bebe nació con hermoso aspecto y dinámico comportamiento, la madre feliz la llamo Jeclahay por ser fruto del gran amor que la unió a sumarido. Inmediatamente fue acogida por los siervos de los monjes quienes la llevaron junto con las otras dos pequeñas de la primavera y el invierno respectivamente. Lamentablemente la que hacía falta murió durante el parto dejando por primera vez en la historia una nación sin representante, era esta pequeña desafortunada hija del otoño y por ende decidieron reclamar a jeclahay como suya por nacer en la frontera de los dos reinos, inmediatamente se levanto el reino del verano defendiendo su derecho a que la niña le fuese suya por ser destinada a ello de antemano.
Los monjes al presenciar aquella afrenta que ya ocasionaba división y contienda entre los dos imperios y llegaba a pronosticar un gran caos decidieron llamar al rey de cada estación eran estos: zafi soberano del verano y sanyaya soberano del otoño. Al reunirse convinieron beneficiosamente para ambos pueblos compartir a jeclahay y como beneficio tendrían más oportunidad de vencer al tener menos competencia y mas sabiduría para instruir a la pequeña, al estar de acuerdo los dos bandos se decidió que se haría conforme a lo pactado y que la gloria de la posible victoria de Jeclahay recayera por igual en ambos reinos.
Día tras día las niñas crecían tanto en hermosura como en sabiduría. Cada una comenzó a demostrar ciertas facultades que las distinguía cada vez más entre ellas y que las etiquetaban de virtuosas, Jeclahay se distinguía por su extraordinaria habilidad en las letras, los lenguajes antiguos e historia; por otra parte Sanyi la postulante del reino del invierno se destacaba en la meditación, la química y las pociones; Decorus la representante de la primavera sobresalía en el canto, las danzas y las matemáticas. Aunque cada una fuese sobresaliente en algún aspecto no implicaba que todas no tuvieran un conocimiento aproximado al de la más resaltada.
Se hallaba un día Jeclahay en la biblioteca más grande del castillo leyendo un espléndido libro de escultura antigua, revisaba las páginas con detenimiento trasladando sus ojos por cada superficie, cada textura, cada borde y toda sombra, fijo sus ojos en una singular y esbelta estatua que creía haber visto en ese mismo lugar, recorrió con esmerada curiosidad cada aula que estaba adjunta a la biblioteca esperando encontrarla pero con tan mala suerte que no encontró ni una que se pareciese a la susodicha, agotada se resignó y decidió regresar a su lugar pero mientras se desplazaba noto que a los lados de un librero había un espacio mayor que el de los demás, tanto que podía colocar sus dedos dentro de la abertura pero no era lo suficientemente grande como para atravesar la mano completamente, miro atreves de aquella abertura con algo de curiosidad, el espacio despedía una leve brisa que irritaba la visión de Jeclahay y no le permitía ver claramente, de nuevo deslizo su mano y llegando a la parte más baja se topó con un elemento que considero un collar, rápidamente lo saco, sintió por su cuerpo pasar un escalofrío, sus manos temblaban un poco, se sentía observada, descubierta e incriminada, se dirigió apresuradamente junto con el libro y el colgante a sus aposentos.
Los aposentos de las damiselas se encontraban cerca al muro norte del castillo por el cual se podía ver un poco la laguna de las biru, Jeclahay se sintió más tranquila estando en su cuarto, descubrió de entre sus manos el ligero colgante, llevándoselo al cuello y colocándoselo, en ese preciso instante se desprendió y cayó sobre su regazo una daga la cual considero era el colgante, fue algo extremadamente curioso y oscuramente misterioso, pues tardaría mucho en entender su origen y mucho más su razón de ser.
-glup...
-glup...
Desperté exaltado y con una intensa necesidad de respirar, vi a mi alrededor notando que estaba solo, me senté en donde yacía acostado; vi mi cuerpo, la habitación, la entrada, y mis recuerdos, y note por primera vez el misterio en que vivía.
-¡Jeclahay!